jueves, 27 de enero de 2005
Se avecina el proceso del siglo. La acusación y la defensa afilan sus armas. Mientras le llega su hora, el ex dictador escribe novelas y los servicios secretos las analizan hasta la saciedad en busca de claves. Les ofrecemos en exclusiva un extracto de la última.

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Sadam Husein el día que la Cruz Roja comprobó su estado de salud


En una celda indivual de tres metros de ancho por cuatro de largo, un hombre de pelo canoso y aspecto descuidado escribe sobre una pequeña mesa. Desde hace meses garabatear sobre unas cuartillas es su principal ocupación, según las pocas personas que lo han visitado desde que fue detenido por las fuerzas de la coalición el 13 de diciembre de 2003.

Sadam Husein, otrora todopoderoso presidente de Irak, es ahora un preso a espera de juicio que reparte su tiempo entre la escritura, la lectura del Corán y la jardinería. Confinado en un lugar secreto, que The New York Times ubica en un antiguo palacio del ex dictador a las afueras de Bagdad, las fuerzas norteamericanas que lo custodian lo mantienen incomunicado, a pesar de que en el mismo recinto están encarcelados otros 40 altos cargos de su régimen. Sadam no puede recibir la visita de sus abogados ni de sus familiares. Tan sólo es visitado regularmente por miembros de Cruz Roja que supervisan su salud y le entregan las cartas de su familia. El ex dictador ha sido sometido a un tratamiento médico porque tiene la presión sanguínea elevada y una infección de próstata. Toma antibióticos, pero se niega a someterse a ninguna intervención. Sus hábitos alimenticios son iguales a los del resto de presos de alta seguridad. Desayuna la ración del Ejército de Estados Unidos, 1.300 calorías, y come caliente dos veces al día, generalmente pescado o pollo, acompañados de patatas o verduras. Dicen que al seguir la dieta de los soldados, Sadam ha descubierto con agrado los muffins, las típicas magdalenas americanas.

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Sadam Husein en el momento de su detención


Uno de los pocos que lo han visto en prisión fue el ministro iraquí de Derechos Humanos, Bjatiar Amin, quien relató a The Guardian que había escrito un poema sobre George Bush, además de estar terminando una nueva novela. Dispone de tres horas diarias para hacer ejercicio físico al aire libre, que dedica principalmente a cultivar un pequeño jardín ubicado en el patio exterior de la cárcel-palacio. Según el ministro iraquí, «está cuidando de varios arbustos y plantas e incluso ha colocado un círculo de piedras blancas alrededor de una pequeña palmera». «Es curioso que el responsable de uno de los mayores ecocidios de todos los tiempos (la destrucción de las marismas del sur del país) se preocupe ahora por su entorno natural», ironiza el ministro.

Sadam no está autorizado a leer periódicos, escuchar radio o ver la televisión. El tedio es, al parecer, lo más duro de su encierro, aburrimiento del que sólo le sacan los interrogatorios a los que lo someten los fiscales que preparan su juicio.
El ex dictador se encuentra, legislativamente hablando, en tierra de nadie. En teoría se le aplica la legislación iraquí, pero el hecho de que no pueda recibir la visita de sus abogados y se oculte el lugar de su reclutamiento lo convierten en un prisionero de guerra. Situación que las autoridades justifican por el estado excepcional en que se encuentra el país.

De hecho, el Tribunal Especial que se creó para juzgarlo está intentando redactar un reglamento específico que impida que Sadam transforme su juicio en una plataforma política. Por ejemplo, no podrá llamar al estrado a testigos que no estén relacionados directamente con los cargos presentados, para evitar así que sus abogados –que intentarán mostrar el contexto como atenuante– citen a altos cargos y empresarios americanos y extranjeros.

Algunos defensores de derechos humanos sostienen que la Administración Bush desea mantener el control sobre los juicios porque teme que pueda salir a relucir la complicidad americana con algunas de las atrocidades cometidas por Sadam. Por eso han optado por crear un tribunal iraquí y no un tribunal internacional, decisión criticada por grupos de derechos humanos y altos cargos de Naciones Unidas. A su juicio, el tribunal, más que mostrar la autonomía iraquí, es un intento de EE.UU. de demostrar que no hay necesidad de un sistema internacional de justicia.

El ex dictador podría ser ejecutado si es encontrado culpable, porque la pena de muerte fue restaurada en Irak el pasado 30 de junio, tras haber sido suspendida por el antiguo administrador civil de Irak, el estadounidense Paul Bremer. La ejecución será con un tiro en la nuca si es tratado como cargo militar o en la horca si es considerado un civil.
Pero mientras llega ese momento, Sadam se dedica a su otra pasión en los últimos tiempos: la escritura. En menos de cinco años publicó cuatro novelas, un ritmo realmente intenso para un hombre que aseguraba estar muy ocupado. Su cuarta obra –Vete, espíritu maldito– la terminó en marzo de 2003, justo antes de comenzar la guerra de Irak. Ahora, en la cárcel, trabaja en un relato épico y alegórico lleno de pasión y de venganza, titulado provisionalmente El gran despertar, pero no está claro que éste llegue a publicarse algún día. Aunque siempre quedarán fans. En su país natal, sus libros se habían convertido en best-sellers con ventas de millones de ejemplares. Uno de ellos incluso fue adaptado para la televisión en formato de serie de 20 capítulos y se había anunciado que sus obras figurarían en el programa de lecturas escolares. Pero el régimen cambió.

Muchos hombres de Estado revolucionarios han sido, o han querido ser, poetas o escritores. De Nerón a Napoleón, de Hitler a Mao, el corpus de obras es lo suficientemente importante para que se pueda incluso hablar de un género en sí mismo: la literatura de dictador.

De las cuatro novelas de Sadam, la primera, Zabibah y el rey, sigue siendo la más conocida y la que más se vende. Publicada en el año 2002, esta tórrida historia de amor es una evidente alegoría política. La heroína, Zabibah, simboliza Irak. Su cruel marido representa a Estados Unidos. Y el rey, poderoso y vengador, no es otro que Sadam Husein. El relato comienza con la fórmula habitual de los cuentos de hadas: «Érase una vez un rey grande y poderoso…».

Se comprende por qué los servicios de inteligencia americanos, británicos e israelíes han analizado en detalle estos extravagantes relatos. Avi Rubin, antiguo agente del Mosad, está convencido de que la cólera de Sadam Husein tiene sus raíces en su pasado. «De hecho –explica– habla de su desgraciada infancia.» Y la niñez de Sadam no tiene nada que envidiar a las de sus trágicas ficciones. Parece que su padre abandonó a su madre al poco de nacer él; ella se volvió a casar con un hombre violento al que Sadam odiaba. Siendo niño se trasladó a vivir con un tío y varias biografías aseguran que fue víctima de una violación colectiva cuando tenía diez años. Su posibilidad de escape, su máxima aspiración, era entrar en la escuela militar iraquí, pero no pasó las pruebas de acceso. Por otra parte, puede que Sadam ni siquiera sea el verdadero autor de esas novelas. Según se rumorea, el `negro´ ha sido envenenado para que nunca se llegue a saber la verdad.

Mil quinientos años atrás, las gentes del mundo entero llevaban una vida modesta. El bien y el mal estaban en sus corazones, sus almas y sus comportamientos, pero el mal tenía menos poder que hoy, y el bien tenía más, porque los adeptos del bien eran más numerosos y más influyentes (…). Pero el pueblo del mal y el pueblo del bien vivían juntos, y Dios, el Señor del mundo, veía las buenas y las malas acciones (…).
Ibrahim se lo decía a sus tres nietos. Él y su esposa Halîma los educaban porque eran huérfanos. Sus padres, los hijos de Ibrahim, habían muerto durante las guerras tribales. El nieto mayor se llamaba Hasquîl (Ezequiel, el judío); el mediano era Youssef (José, el cristiano); el más joven era Mahmoud (el musulmán).
(…) Ibrahim contaba todo esto cuando se reunían en torno al fuego, en su casa, donde no les faltaba de nada.

Una sequía asoló Iraq, obligando a la familia a emprender un largo viaje en dirección a la región que los árabes llaman Cham, que comprende Siria, Jordania, Israel y los territorios palestinos actuales. Allí, el jefe de una tribu les tomó bajo su protección y vivieron con él en buen entendimiento hasta que un día Hasquîl se propuso seducir a la hija de su anfitrión. Para salvar la reputación de su familia, Ibrahim renegó de Hasquîl. Éste se instaló en una tribu separada por el Mar Muerto de la tribu en la que vivía su abuelo. Consiguió ganarse la confianza de su jefe, lo primero, para después convertirse en su consejero y le aconsejó emprender una guerra perdida de antemano. Con el jefe de la tribu humillado por la derrota, Hasquîl aprovecha la ocasión para alejarlo mediante una treta bien estudiada y convertirse él en jefe de la tribu en su lugar, igual que han hecho en nuestra magna patria algunos persas y otros no árabes.

Cuando Hasquîl se convirtió en jefe de la tribu, escogió aliarse con los rûms [con esta palabra se designaba en un principio a los bizantinos, antes de convertirse en un término peyorativo para designar a todos los occidentales]. Juntos construyen dos altas torres, una de las cuales sirve para almacenar todas las riquezas robadas por Hasquîl. Los únicos que rechazan la tutela de los rûms y desconfían de Hasquîl son los jóvenes porque (Hasquîl) trama intrigas, fabrica armas y posee numerosas agencias financieras y de propaganda. Hasquîl intenta seducir a la vez tanto a la viuda como a la hija del anciano jefe tribal; a la viuda, para asegurarse el poder; a la hija, por concupiscencia. La hija se llama Placer, y la madre, Madre de Placer. Madre de Placer cede desde el principio porque (ella) era de madre persa, pero su hija resiste los ataques de Hasquîl y se pone a la cabeza de una red de jóvenes resistentes, lo que le valió el sobrenombre de Dignidad.

Dignidad continuaba con su activismo entre las mujeres, a las que movilizaba. Un día, una de las muchachas se confió con ella: «Le he contado a mi hermano Salem lo que he oído decir acerca de ti y le he hablado de tu conducta, de tu amor por los hijos de la nación, así como de la movilización que encabezas contra Hasquîl y la tribu de los rûms. Es, precisamente, lo mismo que hace Salem en su grupo de hombres. Tú le has gustado sobremanera y sigue haciéndome preguntas sobre ti cuando nos visita por la noche para que Hasquîl y sus espías no le vean».

[Se organiza un encuentro entre Dignidad y Salem.]
Salem llega con su espada. Cuando Dignidad le vio, supo que ya le había visto antes, pero no le había prestado atención. Salem era un joven esbelto, de bella estatura y perfectamente proporcionado. Sus ojos eran negros y su nariz recta. No había defecto en su apariencia. Además, su hablar y su comportamiento inspiraban confianza.
[Sigue un diálogo durante el cual Salem y Dignidad intercambian información y se confirman mutuamente en su voluntad de organizar una conspiración. Salem pide la mano de Dignidad.]

Un poco más tarde, durante una boda, Hasquîl, para demostrar que se hallaba bien integrado en la tribu, se levantó, conforme a la tradición, y se dirigió a Dignidad para pedirle que bailara con él. Mientras que los jóvenes rebeldes se preguntaban inquietos cómo conseguiría Dignidad salir de aquel mal paso, ella irguió su esbelto cuerpo y alzó la nariz, elevándose sobre la debilidad y la humillación. Hasquîl pensó que se alzaba para bailar con él, pero la mirada de Dignidad buscaba a Salem, que ella sabía que estaba entre los invitados. Él había disfrazado su rostro, pero, pese a eso, Dignidad le reconoció. Continuó caminando y se detuvo ante Salem. Le tendió las manos y dijo: «¿Permitís, joven disfrazado?», como si no le hubiera reconocido.

Salem se levantó y comenzó el baile entre los aplausos. Intentando aparentar que no había comprendido lo que había pasado, Hasquîl dijo, ocultando su ira con una risa histérica: «¡Ah, la juventud!». Lo dijo riendo, pero, cuando volvía a su sitio, tropezó, aunque el piso era plano, y su aqqal (el cordón de su tocado beduino) cayó por los suelos.
Hasquîl comprende que no podrá conservar la tribu mediante astucias. Llama, entonces, a sus aliados rûm para reprimir la naciente revuelta, pero Salem y Dignidad resisten valerosamente. Durante la batalla, las dos torres construidas por Hasquîl y el jefe de los rûms se incendian.

Cuando Hasquîl vio que el fuego del infierno se apoderaba de las dos torres, se cubrió el rostro de polvo y exclamó: «¡Oh, desdicha! ¡Todo lo que he acumulado durante estos años se desvanece! (…) Fueron los árabes los que lo hicieron. ¡Qué temerarios son cuando se los provoca!» Hasquîl y el perro de Rûm se cubrieron la cabeza de polvo; luego el jefe de los rûms le preguntó a Hasquîl: «¿Han sido en verdad los árabes? (…) ¿O bien, ya que son tantos los que nos odian, lo han hecho otros para después acusar a los árabes?» Hasquîl respondió: «No, sólo hay un árabe que pueda ser capaz de tamaños hechos. Porque, según las informaciones que me han llegado, todos los que han prendido fuego a la torre han perecido en el incendio». «¿Y cómo es eso?», se preguntó el perro de Rûm. «Supongo que, además de los árabes, otros pueden hacer lo mismo sicreen lo que creen los árabes.» «Han prendido fuego a las dos torres desde arriba, o por el medio, y no desde abajo. Y parece que sabían que tal acción les condenaría a morir, y han aceptado ese destino.» En el momento de incendiar las dos torres, sus voces resonaron exclamando al unísono «¡Dios es grande! ¡Dios es grande!» (…)

Hasquîl y el gran Rûm se atemorizaron y se dijeron: «Parece que no tenemos escapatoria. Se han derrumbado las torres, es nuestra ruina, nuestra derrota, pero esto no se va a parar aquí». Dijeron eso, montaron sus caballos y se fueron. Salem vio cómo el fuego devoraba las torres y recordó las riquezas que Hasquîl y el jefe de los rûms habían amasado robando las riquezas de la región al pueblo que tanto las necesitaba. Dignidad se unió a él, y también un grupo de los mejores hombres. Entonces Salem dijo: «En el nombre de Dios el Misericordioso (…) haz fracasar sus estratagemas! (…) Dios hace rey a quien Él quiere y destrona a los reyes que Él quiere! ¡Dios da la fuerza a quien quiere y humilla a quien quiere! ¡Dios es grande!».

-Judy Clarke-
Publicado por Desconocido @ 14:47  | Actualidad
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