Son un extraño prodigio de la evolución. Han logrado adaptarse a las selvas, a los bosques y hasta a los desiertos. Gracias a ellas se combate la trombosis, la hipertensión y el cáncer. Y sólo unas pocas de las cerca de 2.700 especies portan un veneno mortal. Sin embargo, no hay un animal al que temamos más. ¿Quizá porque eran los únicos que nos daban presa cuando subíamos a los árboles? Nos adentramos en el origen de este miedo ancestral.
Seguro que alguna vez ha visto a un faquir tocar la flauta mientras su cobra sale de una pequeña cesta y se cimbrea. Es una imagen curiosa, pero más lo es aún si tenemos en cuenta que todas las serpientes del mundo son sordas y que éstas sólo se salen de su cestillo, asustadas, para intentar defenderse del palo (la flauta) que las amenaza. El baile de las cobras es una de tantas falacias que tenemos asumidas como ciertas sobre las culebras. Apenas sabemos nada sobre ellas, pero a la mayoría las tememos. Poco importa que sean inofensivas, que nos libren de un gran número de ratas y ratones o que sean las productoras de medicamentos que pueden salvarnos la vida. Para nuestra sociedad, son un peligro. Pero ni siempre ha sido así ni en la mayoría de las culturas tienen nuestros prejuicios.
Las primeras serpientes ya estaban en la Tierra cuando los mamíferos apenas empezaban a esbozarse. Son las ‘nietas’ de los antiguos saurios y perdieron sus patas en el transcurso de la evolución para sobrevivir en los nichos de todos los ecosistemas del mundo. Hoy, las serpientes viven en los árboles de las selvas lluviosas, en las arenas del desierto, en el suelo umbrío de los bosques y en las aguas claras de los ríos y los mares de coral. Y sólo el frío las frena, pues dependen del calor exterior para el funcionamiento de su metabolismo interno.
En su camino adaptativo, las serpientes adquirieron la capacidad de deformar sus mandíbulas para ingerir animales tres veces más grandes que ellas y conseguir, con una sola presa, el alimento de semanas e incluso meses. Pero atrapar una pieza grande es un reto formidable. Las serpientes de mayor tamaño y fuerza, como pitones, boas y anacondas, lo tienen más fácil; basta con atraparla entre sus anillos constrictores para impedirle que pueda respirar y matarla por asfixia. Pero las más pequeñas han tenido que desarrollar otras armas evolutivas más sofisticadas. Y ninguna es tan efectiva como el veneno.
Gracias a él, los ofidios lograban dos triunfos: podían inmovilizar piezas más grandes y más rápidas que ellos con un solo mordisco, y adquirían un arma temible que alejaba a enemigos más fuertes y peligrosos. Además, cuanto más potente es la ponzoña, más fácil resulta capturar la presa mordida. Así, las serpientes marinas, incapaces de seguir a los peces de los que se alimentan dentro del arrecife, y sabiendo que un pez herido puede esconderse en cuestión de segundos en refugios inexpugnables, han tenido que desarrollar el más potente veneno entre los ofidios, tan letal que una sola gota basta para matar a cinco hombres adultos. Pero apenas han causado accidentes mortales, porque estos animales muestran una total falta de agresividad con todo lo que no sea una de sus pequeñas presas.
El veneno fue un arma básica para la evolución de las serpientes. Pero esa misma herramienta que les sirvió para subsistir las convirtió, para el hombre, en animales terribles. En realidad, sólo el 20 por ciento de las 2.700 especies de ofidios son venenosos y, de éstos, apenas una ínfima parte son un peligro serio para nuestra especie, pero sólo la posibilidad ya aterra. Y eso, a lo largo de la historia de la humanidad, ha provocado que unas civilizaciones las teman y otras, por el contrario, las reverencien.
Los egipcios y los mayas las tomaron como encarnaciones de sus dioses, los aborígenes las encumbraron a la cima de sus divinidades, los budistas y los griegos las adoraron como representación de la renovación de la vida y los romanos las tomaron como símbolo de la curación. La capacidad de renovar su piel desprendiéndose de la antigua fue, probablemente, el origen de buena parte de esta concepción de las serpientes como símbolo del renacer, de la vuelta a la vida, de la purificación y resurrección del cuerpo. Por otra parte, la idea de las serpientes como símbolos de curación se nos hace cada día más acorde con una realidad que la ciencia demuestra constantemente.
El poder curativo de las serpientes venenosas se pierde en el origen de los tiempos y se basa en un pensamiento simplista muy extendido: «Quien porta el veneno debe llevar el antídoto». Ya en los primeros libros de animales y de curiosidades naturales se pueden leer las propiedades curativas de las serpientes y, en especial, de las víboras. El Bestiario, de Pedacio Dioscórides, por ejemplo, explica: «La carne de la víbora tiene la virtud de expeler los humores corruptos y pestilentes […]. La carne comida, como bebido el vino en que se hubiera ahogado la víbora, sana la lepra».
En la Edad Media, y hasta bien entrado el siglo XVIII, se tenía como medicina infalible para el envenenamiento la famosa teriaca o triaca, una receta cuyos orígenes se remontan al rey Mitríades VI del Ponto, envenenador y asesino consumado, y a su médico Cratevas. Este rey descubrió una fórmula contra los venenos compuesta por docenas de animales y plantas, a la que llamó Mitridacticum, que, según se cuenta, resultó tan eficaz que luego el rey no encontraba la manera de suicidarse. Hacia el año 60, Andrómaco, médico de cámara de Nerón, mejoró la receta cambiando el lagarto por la víbora y creó la llamada Teriaca Magna, tan eficaz que el propio galeno hablaba maravillas de él.
Las tribus indígenas de todo el mundo cuentan con remedios sacados de las diferentes partes del cuerpo de las serpientes. Personalmente, lo pude comprobar en la selva del Yucatán, cuando recibí de un chamán los anillos posteriores de una serpiente de cascabel como remedio para una otitis. Y aunque no tuve el valor de aplicármelos en el oído, me sorprendió leer con posterioridad en el libro de Dioscórides, del siglo I antes de nuestra era, que «el despojo de las serpientes, cozido en vino, e instalado dentro de los oydos que duelen, los sana».
La ciencia ha demostrado, como intuían los antiguos, que muchas serpientes venenosas portan, en su misma ponzoña, no sólo el antídoto para su picadura, sino también el remedio para muchas otras enfermedades. De los crótalos se extraen fármacos contra la trombosis; de las serpientes de cascabel, para la lucha contra el cáncer; de las cobras, contra las neuralgias y la ciática, y de la terrible jaracacá de las selvas americanas, medicamentos contra la hipertensión y para la prevención de la trombosis. Y éstos son sólo un mínimo ejemplo de todo lo que se consigue con el veneno de las serpientes.
Pero nunca conviene olvidar que el primer objetivo del veneno es matar, y que algunas ponzoñas pueden acabar con un hombre adulto en unos pocos segundos. Todo depende de su poder intrínseco, del tamaño y el tipo de dientes de la serpiente y de la cantidad que inocule en el mordisco.
Como hemos dicho, las marinas son las más venenosas de todas, pero sólo actúan en caso de extrema necesidad. Todo lo contrario que las mambas, especialmente la negra, que son propensas a atacar si sienten la más mínima amenaza. Y en cuanto a la cantidad de ponzoña inyectada, la cobra real, la mayor de las serpientes venenosas, con casi seis metros, es la reina. Su veneno es menos virulento que el de otras especies, pero la gran cantidad que inyecta hace que sea imposible librarse de la muerte tras su picadura.
A pesar de que las consideramos peligrosas, hay más probabilidades de morir por la acción de un rayo que por la picadura de una serpiente. En España, donde sólo las víboras son peligrosas, esta probabilidad es casi nula. Y, entre tanto, las medicinas sacadas de ellas siguen salvando vidas. Pero la mancha que arrastran en nuestra sociedad necesitará todavía de muchas generaciones para quitarnos la venda de los ojos y para dejar de creer que la música de la flauta hipnotiza a la cobra.
-El Semanal- Fernando G. Sitges