Hace 900 años, los reinos europeos lanzaron contra el mundo musulmán toda su maquinaria de guerra. Su objetivo: recuperar los lugares sagrados. Dos siglos de luchas en nombre de Dios y cientos de miles de muertos abrieron una herida entre las dos civilizaciones que aún hoy no ha terminado de cicatrizar.
Fotograma de la película Kingdom of heaven basada en las cruzadas
Las Cruzadas, abordadas ahora en la película El reino de los cielos, de Ridley Scott, fue el fenómeno que marcó la vida política, económica y social europea durante casi dos siglos, incluida la Península Ibérica. Todo comenzó un 26 de noviembre de 1095, cuando el papa Urbano II, reunido en el concilio eclesiástico de Clermont, lanzó el grito de guerra de la Primera Cruzada a Tierra Santa.
En un discurso a los fieles presentes en la ciudad francesa, el Sumo Pontífice sugirió la necesidad de aportar ayuda a los cristianos del Imperio Bizantino de Oriente, amenazados por los turcos. Al mismo tiempo prometía el perdón de los pecados y la salvación eterna para todos aquellos que participaran en la campaña. Así, al grito de «¡Dios lo quiere!», el entusiasmo religioso y la promesa de recuperar los lugares santos ocupados por los ‘infieles’ recorrieron Europa y aunaron en torno a ellos a enormes multitudes. La maquinaria de guerra comenzaba a andar, aunque la Primera Cruzada no se iniciaría de forma oficial hasta dos años después. Sin embargo, detrás de aquellas intenciones existía un trasfondo mayor, una riada de causas ‘terrenales’ que condujeron a aquel ‘choque de civilizaciones’ medieval entre Oriente y Occidente.
Europa se desangraba entonces en una miríada de guerras locales entre los diversos señores feudales. El continente se hundía en una inmensa crisis económica y millares de campesinos morían de hambre, acosados por sucesivos años de malas cosechas. Además, al calor del año 1000 habían nacido decenas de profecías y creencias en torno al fin del mundo y la llegada del Anticristo que atemorizaban a las gentes. Las ciudades comenzaban a crecer, lo mismo que la población europea en su conjunto, y las malas condiciones sociales auguraban inminentes revueltas. En resumen, el sistema estaba al borde del colapso.
Todos y cada uno de los estamentos sociales del continente vivían en una encrucijada de la que necesitaban salir. Y la idea lanzada por la Iglesia católica se erigía así, de pronto, como la mejor solución. La Cruzada –palabra que no apareció hasta el siglo XIII– y la recuperación de los Santos Lugares ofrecían las salidas anheladas: para los más desfavorecidos era una ocasión para aplacar la ira de Dios con un acto extraordinario y heroico que los librase de los sufrimientos diarios; para los comerciantes italianos y franceses era la mejor forma de incrementar el tráfico de mercancías y hacerse con el dominio de las rutas entre Europa y África; para los señores feudales, ricos y venidos a menos, la forma de detener las continuas guerras de desgaste entre ellos y buscar nuevas tierras y recursos en el exterior; y para el Papado era la oportunidad de erigirse como el centro del poder europeo y someter a la Iglesia bizantina greco-ortodoxa, debilitada por su lucha contra los turcos.
Así que, más que como una batalla entre dos religiones, las Cruzadas se alzaron como una solución ideal a los problemas que acechaban a Europa, pero usando como coartada la bandera de la religión. Un entusiasmo que en muchos casos fue sincero: no en vano desde el siglo IV los cristianos habían peregrinado de forma pacífica hasta Jerusalén sin sufrir vejaciones por los ‘infieles’. Fue a partir del año 1009 cuando la seguridad de los peregrinos y del Santo Sepulcro comenzó a peligrar.
Los protagonistas de las Cruzadas fueron los campesinos y los más desfavorecidos, pero también jóvenes caballeros deseosos de riquezas y aventuras, y hasta príncipes europeos con pequeñas fortunas ansiosos de complacer a los pontífices. No existe unanimidad respecto a cuántas se hicieron. En general, se consideran ocho, a partir de la primera, convocada por Urbano II (1042-1099). Al que siguieron frailes y predicadores que llamaban a luchar por las «reliquias sagradas del cristianismo».
Entre ellos, alcanzó gran notoriedad el monje francés Pedro el Ermitaño, un gran orador que logró reunir a 14.000 fieles dispuestos a marchar hacia Jerusalén. Él y Gualterio Sin Bienes, un noble alemán arruinado, al mando de 15.000 hombres, iniciaron en 1096 la llamada Cruzada Popular, que llegó hasta Asia Menor, donde los cristianos fueron masacrados por los turcos. Un año después, cuatro ejércitos al mando de Godofredo de Bouillon, Roberto de Normandía y Roberto de Flandes, Raimundo de Toulouse y Boemundo de Tarento emprendieron la Cruzada de los Príncipes. Las tropas conquistaron Nicea y Antioquia y, tras cinco meses de asedio, el 15 de julio de 1099, Jerusalén.
Cuando el emir Imadeddin Zenkis de Mosul reconquistó Edesa, se convocó la Segunda Cruzada (1147-1149), dirigida por el emperador germano Conrado III, Luis VII de Francia y su mujer, Leonor de Aquitania. Sus campañas contra Damasco y Ascalón fracasaron. La Tercera Cruzada (1189-1192) se organizó después de que Saladino reconquistase Jerusalén tras la derrota cristiana en Hattin, el 4 de julio de 1187. En ella, el emperador alemán Federico I Barbarroja, el rey de Francia Felipe Augusto y el rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León reconquistaron Acre (12 de julio de 1191), pero no Jerusalén. Barbarroja falleció ahogado y Ricardo acordó con Saladino una tregua a cambio de la franja costera entre Tiro y Jaffa y la libre entrada de cristianos en Jerusalén.
Después vinieron la Cuarta Cruzada, convocada por el papa Inocencio III, que conquistó Zara y Constantinopla; la Quinta (1217-1221), preparada por Federico II, que fracasó en su asedio de El Cairo y la península del Sinaí; y la Sexta (1228-1229), organizada también por Federico II, en la que éste negoció con el sultán egipcio Al-Kamil la restitución de Jerusalén. Quince años más tarde, la Ciudad Santa cayó de nuevo en manos musulmanas y ya nunca regresó bajo la égida cristiana, pese a que Roma ordenó dos nuevas Cruzadas.
Una de las consecuencias fue el despertar de las órdenes religiosas militares. En 1120, un grupo de jinetes en torno al francés Hugo de Payns decidió proteger con las armas a los peregrinos que acudían a Tierra Santa, bajo control cristiano tras la Primera Cruzada. Los caballeros cumplirían esa misión a la vez que vivían una existencia religiosa con votos de obediencia, castidad y pobreza. La iniciativa fue impulsada por Baldovino II, entonces rey de Jerusalén, quien les entregó el antiguo palacio del rey Salomón. Pronto sus integrantes participaron también en los combates y la Orden del Temple fue aprobada por la Iglesia. Por primera vez se reconocía la existencia de los soldados de Cristo y la posibilidad de combatir bajo el hábito religioso y matar por esta religión. Sometidos sólo a la autoridad del Papa, los templarios recibieron numerosos privilegios y dieron paso al nacimiento de otras órdenes militares.
Además de los cientos de muertos, las Cruzadas tuvieron enormes consecuencias sociales para los dos bandos. La liberación de los nobles y la etapa de paz que conoció el Viejo Continente favorecieron, con el tiempo, el nacimiento de los Estados absolutos. Occidente se enriqueció por el impulso del comercio marítimo, las técnicas bancarias se expandieron, los mercaderes acapararon las rutas comerciales a África y Asia, y Europa tomó conciencia de su unidad cultural y conoció, a través del islam, gran parte del legado clásico griego. En Oriente, sin embargo, las guerras santas desembocaron en décadas de decadencia. Y algunos islamistas aún se niegan a considerar las Cruzadas como un episodio del pasado.
-María Rodríguez-
UNIFORME DE CAMPAÑA
UNA CRUZ POR INSIGNIA
Para la guerra santa, los cruzados (llamados así por la vestimenta de algunos franceses, con una cruz en el pecho) perfeccionaron todos los artefactos de lucha existentes. Los trajes cobraron vital importancia como elemento de protección más que como uniforme.
CABALLEROS ACORAZADOS
Los cruzados se cubrían con un jubón que les llegaba hasta la cintura, confeccionado con cuero o lino, al que se cosían unos anillos metálicos para aumentar su protección. Sobre él llevaban una túnica o camisola hasta las rodillas con su enseña. En la cabeza, portaba una capucha similar al jubón que le caía sobre los hombros y sobre ella, el casco. En las piernas, unos calzones y, encima, unos protectores de metal que cubrían de la rodilla al tobillo. Un escudo completaba su vestimenta.
SUS ARMAS DE ATAQUE
Portaban espadas y diversos tipos de lanzas, además del mazafruto, un instrumento de madera con un elástico en la punta que permitía arrojar piedras o recipientes con materiales inflamables.
La cruzada infantil de 1212
ADEMÁS DE LAS OFICIALES, hubo otras campañas. Las dos más crueles y aberrantes se desarrollaron en 1212.
EL ‘TRIUNFO’ DE LA INOCENCIA. En mayo, un pastor francés, Etienne, reunió a 30.000 niños tras afirmar que Dios permitiría «el triunfo de la inocencia sobre los sarracenos». El ‘Ejército’ partió en junio, pero a su llegada a Marsella las aguas del mar no se abrieron, como él había previsto. Algunos armadores se ofrecieron para llevarlos a Egipto. Dos barcos naufragaron y los pasajeros de los cinco restantes fueron vendidos a burdeles y como esclavos. Fue la desastrosa Cruzada de los Niños.
MUERTOS DE HAMBRE. Tiempo después se reclutó a 40.000 jóvenes con la misma excusa. Sólo llegaron a Roma, donde los recibió Inocencio III. La mayoría murió de hambre y frío al volver a casa.