Una brisa fresca sopla en mi nuca mientras contemplo desde lo alto de Henneth Annûn los últimos rayos del sol de poniente. Bajo mis pies se extiende los valles de Ithilien: todo es silencio a mi alrededor; un sedante silencio que invita a ordenar mis pensamientos en mi cabeza...
El sol ha desaparecido ya, y entonces, sin llegar a ser plenamente consciente de ello, alzo un día más mis ojos hacia el cielo del ocaso, en busca de la Estrella de la Tarde.
Una tras otra irán dibujándose los luceros sobre la bóbeda celeste, mas no el de mi anhelada Estrella del Crepúsculo. Tampoco esta noche...
La brisa se va transformando en helado aliento que me hace ajustar el manto, cubierto por el polvo de mil caminos. Entonces vuelvo los ojos nuevamente hacia la tierra, esa tierra ahora oscura y poblada de peligros. Y el recuerdo de la misión que tengo encomendada regresa una vez más, pues como Montaraz de las Tierras del Sur he consagrado mi vida y mi empeño en proteger a los habitantes de esta Tierra Media. Y con ese pensamiento aferro mi espada y me interno en sus bosques, dispuesto a comenzar una nueva patrulla por sus senderos...
Una noche más...