el ataque del minivampiro
Su potente GPS detecta a una presa a 70 metros de distancia. Localizada la víctima, chupan su sangre hasta superar tres veces su diminuto peso corporal. Viven sólo cinco días, pero su capacidad reproductora es tal que en un verano se suceden siete generaciones. Descubra todo sobre esta obra de ingeniería de la naturaleza.
Los mosquitos, con su frágil cuerpecillo y sus seis delicadas patas zancudas, son más peligrosos para el hombre que todos los animales de presa, tiburones, pirañas, serpientes, arañas y felinos juntos. En la mayoría de los casos, su picadura no supone más que un molesto escozor, pero para más de 600 millones de personas cada año es sinónimo de enfermedades. La más cruel, con diferencia, es la malaria, que afecta a 500 millones de personas y mata, anualmente, a tres millones. Pero los mosquitos también son portadores del dengue, la fiebre amarilla, el virus del Nilo o la encefalitis. Sin embargo, la picadura no es, para estos animales, sino un acto de supervivencia. Las hembras, las únicas que pican y chupan la sangre, lo hacen para asegurarse una sustancia rica en proteínas que les permita madurar y desarrollar sus huevos antes de la puesta.
Para llegar a nuestro jugo vital, los mosquitos han desarrollado un aparato de localización sorprendente. El entomólogo Martin Geiger, de la universidad alemana de Ratisbona, que ha investigado al Aedes aegypti, transmisor de la fiebre amarilla y el dengue, asegura que los mosquitos emplean un complejo sistema de navegación por el olor para localizar a sus víctimas. A través de su nariz, que se encuentra en una antena o en el aparato bucal, detectan cualquier elevación en el nivel de dióxido de carbono (CO2), especialmente intenso en el aire que se exhala al respirar. «Cuando el mosquito detecta una fuente de este gas, y puede hacerlo hasta a 70 metros de distancia, cambia su rumbo y vuela hacia su origen», asegura Geiger. Cuando llega junto a la víctima, el atacante olfatea otros olores humanos, sobre todo el ácido láctico, un componente de la capa protectora de la piel, los ácidos grasos, el amoniaco, la emisión de calor y la humedad. La suma de todos estos aromas le sirve al díptero para averiguar si el olor de su víctima coincide con sus gustos.
Aquellas personas cuya aura olfativa no corresponda con el bouquet que busca el ‘minivampiro’ se librarán de los picotazos, pero aquellos cuyos efluvios encuentren el favor del atacante no podrán ni respirar. Y ni las sobredosis de ajo ni dejar de comer carne ni los perfumes ni la vitamina B lo detendrán.
Los únicos remedios realmente eficaces contra ellos son los insecticidas, ya sean en aerosol o en forma de difusores eléctricos. En la mayoría de los casos, estos sistemas contienen dietitoluamida (DEET), una sustancia desarrollada por el Ejército de EE.UU. en los años 50 que inhibe el sistema de transmisión nerviosa de los dípteros, los paraliza y los mata.
ZOOLOGÍA
De las 3.500 especies de mosquitos que pueblan todos los continentes, muchas se han especializado en los humanos. En España cometen sus fechorías unas 60. Y todas, en mayor o menor medida, pican. La más común es la Culex pipiens, el mosquito común, activo desde el ocaso hasta el amanecer. En el laboratorio puede sobrevivir hasta un mes, pero en su medio natural no supera los cinco días. Para contrarrestar esa alta mortalidad, las hembras depositan entre 200 y 500 huevos en cada puesta.
Unos días después de haberse apareado y haberse dado un festín de sangre (chupan hasta tres veces su peso corporal), la hembra del mosquito pone sobre el agua entre 50 y 750 huevos. Dependiendo de la especie, las crías tardan entre 24 horas y algunos días en salir de los huevos. Al cabo de una semana, las larvas se convierten en pupas y, unos días después, en mosquitos hechos y derechos. Después de dos días, éstos habrán alcanzado la madurez sexual y volverán a repetir el proceso. Como todo sucede tan deprisa, en un verano pueden vivir siete o incluso más generaciones.
Los mosquitos, según Carlos Aranda, director del Centro del Control de Mosquitos del Baix Llobregat, en Barcelona, carecen de un sistema de regulación de temperatura, por lo que su vida y su evolución depende de la ambiental. «Cuando ésta es baja, caen en letargo; mientras que con el calor se acelera su ritmo biológico –asegura–; pero sí disponen de sistemas hibernantes que les permiten ‘dormir’ cuando las temperaturas caen y ‘despertar’ cuando suben. Por eso, en nuestras latitudes los dípteros son más activos en verano.»
¿Y cómo será el estío que nos espera? Según Aranda, no se puede dar una predicción para toda España, porque los mosquitos dependen de unas condiciones atmosféricas muy locales. «En general –explica a El Semanal– en años secos, como éste, suele haber menos mosquitos, pero si lloviera durante estos días es posible que nos enfrentásemos a una plaga.»
Para luchar contra ellas, en España existen seis centros comarcales de control de mosquitos y la mayoría de los municipios disponen de servicios para su vigilancia. Desde el año 2000, tras la detección en la región francesa de Camarga de mosquitos del tipo Aedes albopictus, transmisores del virus del Nilo, un grupo de biólogos españoles, coordinados por Antonio Tenorio, creó la red Evitar para intercambiar información y buscar soluciones a sus ataques. Por el momento, su mayor logro ha sido frenar el avance en España del mosquito tigre asiático, un díptero llegado a Europa en la última década que aún no ha provocado ningún caso de dengue o virus del Nilo pero que ya ha dado buena muestra, con sus picaduras, de su voracidad.
-C. Shuster y J Fabián-