Tras otra jornada de patrulla por Ithilien, este montaraz regresa al calor de su hogar. Después de guardar mi espada y el resto del correaje en el arcón de mi alcoba, me dejo caer en el sofá ante la tele y entonces me adueño del mando a distancia.
En el salón mis tres pequeños juegan ajenos a mi presencia. Tengo la vaga sensación de que en el fondo sienten algún tipo de aprecio hacia mí, aunque reconozco que me considero incapaz de exteriorizar mi cariño hacia ellos. Detrás de la mesa, Eowyn hace verdaderos esfuerzos por respirar el mismo aire que yo respiro. Hubo un tiempo en que seguramente debió albergar algún sentimiento de amor, o eso quiero creer.
Quizás nunca supe decir un “te quiero” a tiempo... quizás nunca lo creí necesario... En cualquier caso, si algo de eso existió, ahora forma parte de las brumas del tiempo...
Regreso con historias curiosas, que sin embargo no provocan el más mínimo interés en ella.
Cierro los ojos y pienso si estas horas frente a la tele, en compañía de personas que se supone que me aprecian, es lo que otros llamarían “el reposo del guerrero”...
Y tras reflexionar sobre ello, llego a la conclusión de que mi verdadero “reposo del guerrero” no está allí, sino en los bosques y caminos de Ithilien.
Y entonces cuento con impaciencia las horas que restan para salir nuevamente al alba, de patrulla...