Villarreal fue ayer por la noche una fiesta, y no me extraña que sigan todavía a estas horas. No es para menos. Un pueblo de poco más de 30.000 habitantes ha logado llegar a, nada menos, las semifinales de la Liga de Campeones, uno de los cuatro mejores equipos de Europa. El submarino amarillo navega con más fuerza que nunca y con las simpatías de todo un país, incluso, estoy casi segura, de una gran parte del continente. Los débiles (supuestamente) atraen la empatía de los demás.
Y es que el 1-0 vale su peso en oro, y más porque la ilusión no se mide, porque la victoria no tiene precio y porque todos queremos que alcancen la final y porque no, la orejona. En este fútbol de cifras estratosféricas, de voluntades compradas y vendidas, de jugadores mercenarios y de intereses cruzados el Villarreal ha demostrado que la ilusión y el no tener nada que perder lo son casi todo. Que siga la racha, y que pase lo que pase les quiten lo bailado.