Hoy me apetece, porque si contar mi historia de amor con Tolkien en particular y la literatura fantástica en general. Para mi leer siempre ha sido algo especial, un momento íntimo, casi una religión, un amor secreto y a veces prohibido. Cuando era pequeña y me cabreaba (con el carácter que tenía y tengo era bastante amenudo) me iba a leer a la habitación los libros de Disney, una colección que tengo en casa desde que tengo recuerdo y a los que aprecio por encima de cualquier otros. Después fui creciendo y leía todo lo que pillaba.
Con estos antecedentes cuando tenía 12 años llegó hasta mi un libro al que debo mucho "La historia interminable" de Michael Ende, me lo despaché en un fin de semana de principios de primavera, soleado y caluroso cuando todos mis amigos estaban en el patio del colegio jugando. Yo, por una vez, preferí quedarme en casa a leer aquel mundo mágico, sin fronteras. Me duró dos días. Me gustó tanto que después de ese cayeron Momo y los cuentos de Ende.
Ahí me aficioné a la literatura fantástica "Luces del Norte" y "La princesa y los trasgos" son otros de los títulos que recuerdo con cariño, pero no tanto como "La historia interminable" nunca pensé que hubiera otra cosa que pudiera superarlo.
Y ahí estaba yo con mis 18 años y medio esperando a que estrenaran "La Comunidad del Anillo". Sabía que estaban rodando una película sobre "El Señor de los Anillos" y quería verla. Fui con mis tíos a la vez que padrinos, mi primo y mi hermana. Me quedé petrificada en la butaca ante el despliegue visual del prólogo y ante la melancolía todavía oculta del relato. Nunca me imaginé que aquel 25 de diciembre de 2001 cambiaría mi vida para siempre.
No exagero, me la cambió. Tenía en casa "El Hobbit" que había comprado mi madre un año o dos antes, lo cogí y acabé con el en dos o tres días. Después, pedí al Círculo de Lectores una edición de lujo en un tomo que habían editado de El Señor de los Anillos con motivo de las películas. Encuadernación perfecta, diseño de tapas precioso, mapas y toda la pesca.
Eran finales de primavera, junio y por lo tanto exámenes. Me lo leí en una semana. A pesar del volumen lo devoraba en casa, ne el autobús, cuando esperaba a que me vinieran a buscar... en cualquier momento. Descubrí otro mundo, tan profundo, tan lleno de magia y a la vez tan auténtico que sentí que nunca más podría volver a mi vida. Deseaba entrar en la Tierra Media y quedarme allí a vivir para siempre. No quería terminar el libro, en una semana se acabó. Ese final rebosa melancolía, vida, alegría y tristeza. Es tan extraño que te deja flotando durante varios días en una niebla de la que no sabes si vas a ser capaz de salir.
Comencé a leer el Silmarillion y confieso que la primera vez no me enteré de nada. Tuve que releerlo después de haber leído otras dos veces El Señor de los Anillos y otra vez El Hobbit. Devoré todo lo que había en la red, las parodias, los comentarios, los e-books sobre este fenómeno, los foros, los reportajes, las entrevistas, me convertí más o menos en una experta y releí el Silmarillion. Lo entendí perfectamente y comprendí que ya era una tolkiendili y que lo sería toda mi vida, que leería El Hobbit a mis hijos.
Tolkien me enseño a amar la literatura fantástica más de lo que ya lo hacía. Me enseño amistad, valor, compañerismo, perdón... valores que nunca mueren y que por eso, la obra del profesor tampoco. Desde aquel junio repito el ritual por esas fechas de releer El Señor de los Anillos para no olvidar todo lo que me enseñó.
Dedico este texto a aquellos que se sientan un poco gondorianos, elfos, enanos...