Domingo, 23 de abril de 2006
Alguna vez les he hablado de mi amigo Daniel Sherr, jud?o, al?rgico y vegetariano, que adem?s de tener un coraz?n de oro y ser un ecologista exc?ntrico y pelmazo, es el mejor int?rprete del mundo. Trabaja para Naciones Unidas, diplom?ticos y gente as?, habla m?s lenguas que un ap?stol en Pentecost?s ?su amistad soportar? esa hip?rbole poco ortodoxa en lo mosaico?, y asiste a inmigrantes hispanos en los juzgados gringos. A veces, mientras saca un pl?tano del bolsillo y se pone a pelarlo sin complejos en la mesa de un restaurante de varios tenedores ??Tiene mucho potasio?, le dice al inc?modo camarero?, Daniel me cuenta historias judiciales tristes, recuerdos que lo dejan hecho cisco durante d?as y noches. Para alguien que, como ?l, cree que la compasi?n hacia los desgraciados es obligaci?n principal del ser humano, los juzgados suponen, a menudo, una nube oscura sobre su coraz?n y su memoria. Pero hay que ganarse la vida, dice con sonrisa triste. Adem?s, cuando se trata de pobre gente, siempre puedes echar una mano. Ayudar.

Ayer, mi amigo me cont?, al fin, una historia reciente que no es triste. Habl?bamos de jueces y de injusticias; de c?mo, a veces, quien administra la ley, con tal de no complicarse la vida, pone la letra de ?sta por encima del sentido com?n y de la humanidad. Fue entonces cuando Daniel me cont? el ?ltimo asunto en el que hab?a intervenido como traductor, en un juzgado de familia de Nueva Jersey. De una parte, una mujer con una ni?a de dos a?os, cuya custodia ped?a. De la otra, un funcionario de la divisi?n de Juventud y Familia del Estado. En medio, un juez. La mujer, ecuatoriana, solicitaba seguir con la ni?a, de origen mejicano, cuya madre se la hab?a confiado hac?a a?o y medio y no hab?a vuelto nunca m?s. La se?ora ped?a la custodia legal de la ni?a, pues las vacunas para la criatura costaban ochenta d?lares la inyecci?n, ella ten?a un trabajo humilde y escasos recursos, y con la custodia legal tendr?a derecho a que por lo menos las vacunas las pagase el Estado. Pero hab?a un problema: la ecuatoriana era inmigrante ilegal. Su situaci?n, ley en mano, obligaba al juez no s?lo a acceder a la petici?n del funcionario del Estado para que le quitasen a la ni?a, sino, llevado el caso al extremo, a expulsar a la mujer de los Estados Unidos.

Seg?n me cont? Daniel, el juez inici? as? su interrogatorio: ?Se?ora Espinosa, usted no est? en este pa?s legalmente, ?verdad??. La respuesta fue: ?No, se?or?a?. El juez mir? a la ni?a, que correteaba entre los bancos de la sala. ??Sabe usted que el funcionario del Estado alega que Nueva Jersey no puede ofrecer prestaciones a un trabajador indocumentado?? La se?ora parpade?, trag? saliva y mir? al juez a los ojos: ?S?, se?or?a?. El juez guard? silencio un momento. ?Se?ora Espinosa ?dijo al fin?, lleve esta hoja con mi membrete y mi firma a los Servicios Cat?licos de ayuda. Mi ayudante le dar? la direcci?n. D?gales que va de mi parte y que quiere regularizar su situaci?n.? Dicho eso, el juez se dirigi? al funcionario del Estado: ?Como ve, la se?ora Espinosa est? tratando de regularizar su situaci?n. ?Es suficiente??. Pero el funcionario no parec?a convencido. Para ?l, la ecuatoriana era un n?mero m?s en los expedientes, y sus jefes le exig?an eficacia. ?Se?or?a??, empez? a decir. El juez levant? una mano: ?Escuche, se?or X. Como juez tengo que aplicar la ley, pero tambi?n necesito poder dormir con la conciencia tranquila. Es evidente que esta se?ora es una madre concienzuda y que realmente ha ayudado a la ni?a. M?rela. A esa ni?a la quieren, y donde mejor va a estar es con esta mujer?. El funcionario segu?a aferrado a sus papeles: ?Se?or?a, la ley??. El juez arrug? el entrecejo y se inclin? un poco sobre la mesa hacia el funcionario: ?Mi trabajo consiste en aplicar la ley, pero administr?ndola e interpret?ndola con humanidad. Adem?s, esta mujer ha demostrado cierto valor al venir aqu?, a un tribunal, siendo ilegal. Podr?a haber sido detenida y expulsada, y aun as? ha venido. Y lo ha hecho por la ni?a. As? que d?gaselo a sus supervisores. Y usted, se?ora, haga lo que le he dicho. Y vuelva a verme dentro de treinta d?as?.

Cuando, mascando un tallo de apio, Daniel termin? de contarme la historia, sonre?a con aire bobalic?n. ??Y t? qu? hiciste??, le pregunt?. ??Yo? ?respondi?. Pues, ?qu? iba a hacer? Traducir escrupulosamente cada palabra.? Luego me mir? acentuando la sonrisa, con un trocito de apio en el labio inferior. ?Pero esa noche yo tambi?n dorm? tranquilo.?

-Arturo P?rez-Reverte -XL Semanal-
Publicado por .AuStRaLiA. @ 11:41  | Otros
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