martes, 12 de septiembre de 2006
Trabajaron codo con codo con los grandes de la modernidad y firmaron muchos de las creaciones más cotizadas del siglo XX, pero, como tantas veces, la gloria se la llevaron ellos. Ahora, una exposición en Londres redescubre a las olvidadas damas del diseño.

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Junto a otros alumnos, Margaret Dambeck Ernst Göhl, Margaret Leischner, Ljuba Monastirsky, Gertrud Dirks, Lisbeth Oestreicher, Anni Albers, Gunta Stölzl y Otti Berger.

Quién no conoce a Gropius, Mies Van Der Rohe, Kandinsky, Klee o Breuer? Los chicos de la Bauhaus, los héroes del movimiento que revolucionó la arquitectura, el arte y el diseño cotidiano. Desde su centro de operaciones, la mítica escuela de la Bauhaus, fundada en la Alemania de los años 20 y perseguida después por los nazis, salieron innovadoras ideas que hoy son parte de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, apenas hemos oído hablar de las mujeres que ayudaron a apuntalar la fama de esta escuela: Marianne Brandt, Anni Albers, Lilly Reich o Gunta Stölzl. Son las grandes olvidadas de este movimiento y, ahora, una gran exposición las ha hecho justicia. En el Victoria & Albert de Londres, las chicas de la Bauhaus y otras genios ‘perdidas’ de aquella época han recuperado su sitio junto a sus preciosos sillones y a sus estilizadas lámparas.

¿Por qué estas mujeres cayeron en el olvido? En los locos años 20, nada hacía prever este arrinconamiento. «Las mujeres nos han tomado la delantera. Han reformado su ropa, se han cortado el pelo…», confesaba el propio Le Corbusier y, en efecto, se habían liberado. Eran deportivas y progresistas, y eso se notaba en sus obras. El movimiento era internacional: casi al mismo tiempo las arquitectas Eileen Gray y Charlotte Perriand innovaron el diseño de muebles en Francia. Aunque sus nombres no se conozcan, su sello está a la vista. Es muy probable que en un aeropuerto o en una oficina chic nos hayamos sentado en una silla diseñada por la arquitecta Lilly Reich. Con su colega y amante Mies Van Der Rohe, creó la famosa silla Barcelona, que hoy es la estrella de las revistas de decoración y que se sigue produciendo con el mismo respaldo de cuero y las mismas patas de acero del original. La silla, el taburete y el sillón Barcelona tuvieron dos padres, pero sólo el nombre de uno de ellos quedó consignado en los anales de la historia, el de Mies. Lo mismo ocurrió con otro clásico, el diván Le Corbusier. Fue diseñado por tres personas: Charlotte Perriand, Pierre Jeanneret y Le Corbusier, en 1928. Los hombres hicieron unos bocetos, pero fue Perriand la que finalizó los diseños. Sin embargo, la silla ha quedado ligada al nombre de Le Corbusier.

La lista es larga. Así como las casas y los edificios racionalistas de arquitectos como Gropius, Mies y Le Corbusier siguen en pie, hoy se vuelven a producir muchos de los diseños de aquellas mujeres. Por ejemplo, Alessi ha reproducido la vajilla de bronce plateado de Marianne Brandt, que dirigía el taller de metal de la Bauhaus, mientras que en Ikea, por unos 30 euros, se puede comprar una lámpara redonda de cristal y metal que imita la de Marianne. Lo mismo ocurre con las alfombras a cuadros inspiradas en Klee, obra de Stölzl y de Albers, que están en las tiendas de todo el mundo. Nos hallamos ante un legado carente de reconocimiento público. De hecho, la impresión que produce la exposición Modernism es la de contemplar piezas que conocemos de siempre.

Diseños populares de mujeres casi desconocidas. Anja Baumhoff, de la Universidad Warwickm, autora de The Gendered World of the Bauhaus, explica esta paradoja: «No todo respondía al deseo de ignorarlas. A muchas mujeres les daba miedo estar en primer plano. Además, ellas no solían quejarse. Una vez, Le Corbusier hizo unos garabatos en una casa diseñada por Eileen Gray, se fotografió delante de la casa y se la atribuyeron a él. Eileen rompió con él, pero no montó ningún escándalo».

Pero también ayudó una concepción machista de la escuela. Cuando la Bauhaus se fundó en Weimar en 1919, sus creadores comprobaron con horror que la mitad de los alumnos eran mujeres. Según Baumhoff, «su director, Walter Gropius, creía que las mujeres daban a la escuela una atmósfera de aficionados». Por ello, éste logró reducir el número de féminas en un tercio, dando más importancia al mundo del diseño y la fabricación que a la artesanía, más propia del sexo débil. Las mujeres eran cortésmente invitadas a los talleres de alfarería y tejido, lejos del masculino mundo del diseño industrial. Pese a este apartheid de sexo, en la Bauhaus reinaba un buen ambiente. Las fiestas allí eran legendarias, pues Gropius daba mucha importancia al trato entre profesores y alumnos. Hannes Meyer, siendo director de la escuela, se tomó tan en serio este postulado que tuvo relaciones íntimas con una alumna, por la que dejó a su esposa. Marianne Brandt, que se quejaba de que «al principio no fue precisamente bien recibida» en el taller de metales, pronto fue bienvenida en las fiestas temáticas. A la fiesta blanca de 1926 llegó con un tutú estructuralista blanco y un sombrero hecho con preservativos inflados. Era un grupo social similar al de Bloomsbury, una mezcolanza de trabajo, amor y sexo.

Su aspiración: cambiar el mundo. Christopher Wilk, comisario de la exposición, hace hincapié en el afán de la Bauhaus de crear un mundo mejor. «El movimiento era tan espiritual como práctico. La arquitectura y el arte constituían la prueba de un mundo nuevo. Se creía que la abstracción de Kandinsky limpiaba el alma.» Así, Gropius dijo que los hombres «han vuelto del campo de batalla transformados, sienten que las cosas no pueden seguir como antes». Pero las mujeres también habían regresado de la batalla. En 1926, la jefa del taller de tejido de la Bauhaus era Gunta Stölzl, ex enfermera de la Cruz Roja. Su taller –donde se manufacturaban coloridos textiles de formas geométricas– era el único que daba dinero, pero los textiles se tenían como simples subrogados de la arquitectura masculina.

Estando en la Bauhaus, Stölzl se casó con un arquitecto palestino, con quien tuvo un hijo al que crio en su taller. De pronto, sin embargo, simpatizantes de los nazis hicieron circular rumores escandalosos sobre la vida en la escuela, lo que la obligó a marcharse a Suiza, mientras muchos de sus colegas varones recalaron en EE.UU. Entonces, el taller de tejido se incorporó al departamento de diseño de interiores, que dirigía Lilly Reich, colega y amante de Mies Van Der Rohe.

Reich planificó muchas de las exposiciones que presentaron al público los ideales modernos. El mobiliario del famoso pabellón de Barcelona fue obra suya y de Mies, pero su estrella cayó cuando la pareja rompió. Mies siguió construyendo rascacielos en EE.UU., mientras que Reich se marchitó bajo el régimen nazi.

Mientras la Bauhaus innovaba el diseño alemán, otras dos vanguardistas, Eileen Gray y Charlotte Perriand, llevaban vidas no menos emocionantes en Francia. Gray empezó a hacer exquisitos biombos de laca antes de crear mesas de cromo y cristal, como la E1027, que se sigue produciendo, además de las clásicas sillas Bibendum y Transat. También construyó una casa blanca minimalista que se eleva como un transatlántico en las rocas cerca de St Tropez. Revolucionaria, mantuvo relaciones tanto con hombres como con mujeres porque decía: «Para crear, antes hay que poner todo en entredicho».

Perriand, por su parte, era iconoclasta. Con 24 años diseñó su Bar sur le Toit –un mostrador de cromo, cristal y acero con banquetas– y una mesa de comedor extensible. Ambos fueron presentados en el Salón de Otoño de 1927 y maravillaron a todo París. Ante el éxito, Perriand se presentó en el estudio de Le Corbusier y le pidió trabajo. Pero tras mirar sus dibujos, éste le dijo que allí no bordaban cojines y le indicó la puerta. Poco después, al ver su stand en la citada muestra, Le Corbusier rectificó: la nombró responsable del diseño de muebles de su estudio. Así nacieron las famosas ‘tres sillas’: el sillón Grand confort, el diván y la mecedora.

La carrera de Perriand despegó. Creó cocinas y armarios metálicos con su amigo el pintor Fernand Léger, preparó los carteles realistas soviéticos para la gran exposición de agricultura en Francia y diseñó albergues racionalistas en estaciones de esquí. Vivió hasta los 93 años, escribió una autobiografía y puso en orden su legado. Esta artista vuelve a estar tan de actualidad que el Centro Pompidou de París le ha dedicado una exposición. Un intento por revalorizar a estas mujeres cuya obra, como ocurre con los libros clásicos, ha superado con creces la prueba del tiempo.

XL Semanal
Publicado por Desconocido @ 13:00  | Otros
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