Domingo, 15 de octubre de 2006
En cierta ocasi?n vi un barco fantasma. Tienen ustedes mi palabra de honor. Curiosamente no lo avist? en el mar, sino en tierra, o desde ella. Fue hace ocho o nueve a?os. Era un d?a de temporal terrible de levante en el estrecho de Gibraltar, y me encontraba sentado dentro de un coche en la costa de Tarifa, bajo la lluvia que ca?a casi horizontal, admirando el aspecto del mar, la espuma que el viento levantaba y el batir de las feroces olas en las rocas, a mis pies. Y entonces, al mirar hacia el horizonte gris, lo vi pasar a lo lejos, entre las turbonadas y rociones. Sal? del coche a observarlo, admirado. Empap?ndome. Calcul? que navegaba a menos de una milla de la costa. Era un velero muy grande, de tres palos, parecido a los clippers que todav?a surcaban el mar a principios del siglo pasado. Se mov?a despacio de este a oeste, entre la lluvia y los espesos jirones de espuma, empujado por un viento de popa que aquel d?a rondaba el temporal duro, con fuerza diez en la escala de Beaufort. Lo vi salir lentamente de un chubasco espeso y pude contemplarlo durante dos o tres minutos antes de que su esbelta silueta tenaz, imp?vida, desapareciera tras una nube baja que se confund?a con el oleaje y la lluvia. Y lo que me eriz? la piel no fue que un velero antiguo navegara en tan extremas condiciones, sino el detalle inexplicable de que llevase sus velas desplegadas, tensas al viento, cuando ning?n buque real, ning?n barco tripulado por marinos de carne y hueso, por hombres vivos, pod?a soportar ese viento y esa mar con todo el trapo izado a la vez. Lo cont?: ocho velas cuadras, tres foques y una cangreja, todo arriba. Por eso s? lo que vi. Y aquel barco era lo que era.

Durante un tiempo, de ni?o, cre? en barcos fantasmas. Me criaron con esas leyendas y otras muchas del mar, aunque acompa?adas de explicaciones racionales: la antigua superstici?n e ignorancia de los marinos, sus fantas?as sobre fen?menos que tienen justificaci?n seria, cient?fica: espejismos n?uticos, auroras boreales, fuego de Santelmo, calima, neblina, formas caprichosas del hielo flotante, enfermedades tropicales que mataban a tripulaciones enteras, piratas? Todo eso, causas concretas y probadas, pod?a convertirse f?cilmente en visi?n fant?stica en una taberna de puerto, en una conversaci?n de castillo de proa. Retornaba as? la vieja historia del barco fantasma, condenado a vagar por la inmensidad del mar, cuyo avistamiento sol?a anunciar desgracia. Como la leyenda m?s famosa, la del capit?n Van Straten, inspirador de Heine y de Wagner y recientemente recuperado, por en?sima vez, para el cine por Piratas del Caribe: el holand?s que, a causa de una blasfemia ?larg? amarras en Viernes Santo?, fue castigado a vagar despu?s de muerto hasta el Juicio Final, ?l y su tripulaci?n, a la altura del cabo de Buena Esperanza, intentando una y otra vez, sin conseguirlo, una virada por avante.

Cuando crec? un poco, me volv? esc?ptico. Dej? de creer en el junco espectral del r?o Yangts?, en el bergant?n de New Haven, en el hombre y la mujer que, abrazados en la popa de un velero sin nombre, rondan la costa de Canad?. Dud? de la maldici?n del Mar?a Celeste ?uno de los pocos nav?os espectrales cuyo misterio fue desvelado?, y del viaje de veintitr?s a?os sin tocar tierra que hizo el Malborough con un esqueleto amarrado al tim?n. Hasta albergu? serias dudas sobre el San Telmo, ?nico barco fantasma espa?ol digno de ese nombre, que despu?s de esfumarse sin dejar rastro fue avistado varias veces, fundido con un iceberg, con sus tripulantes congelados en cubierta; y al que, siendo a?n ni?o y cr?dulo, o? al capit?n de un petrolero, amigo de mi padre, jurar que lo hab?a visto con sus propios ojos. Los a?os me hicieron, como digo, perder la fe en esos barcos imaginarios o reales, an?nimos o con sus nombres y tripulaciones detallados en los registros navales, que seg?n las leyendas surcan los mares y a?n excitan la imaginaci?n de algunos marinos. Y supongo que la parte racional que hay en m? ?la que sonr?e mientras tecleo estas l?neas?, sigue sin creer en ellos. Sin embargo, insisto: aquel d?a de temporal, frente a Tarifa, vi pasar un barco fantasma. Yo tambi?n puedo jurarlo, como el capit?n amigo de mi padre. Por mil millones de mil rayos. La prueba es que desde entonces, cuando estoy en el mar y arrizo las velas porque empeora el tiempo, siempre me sorprendo busc?ndolo, con los ojos del ni?o que fui, en el horizonte gris.

XL Semanal- Arturo P?rez-Reverte

No es bonito ni nada este art?culo, jo.
Publicado por .AuStRaLiA. @ 13:30  | Otros
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
por que no colocas mas informacion sobre los barcos esta es una historia muy interezante pero me gustaria saber mas bueno espero que me hagan cazo bye.
Publicado por andreaandry
Lunes, 16 de junio de 2008 | 21:02