Sus enemigos la tacharon de frívola, intrigante, lesbiana y derrochona. Algunas acusaciones eran ciertas; las más, falsas. Pero todas ayudaron para que María Antonieta acabara en la guillotina en 1793. ¿Fue tan pérfida como la pintaron? Varios libros y una nueva película arrojan luz sobre la reina francesa.
El destino y la política la llevaron a París, a la corte más lujosa y surrealista del momento. Y su juventud e inexperiencia hicieron el resto.
En mayo de 1770, con sólo 14 años, María Antonieta Josefa Juana de Habsburgo y Lorena, princesa real de Hungría y Bohemia, archiduquesa de Austria, la última rama de un árbol genealógico que lleva siglos reinando sobre media Europa, se casa con el heredero al trono francés, el futuro Luis XVI. No es una boda por amor; es la rúbrica de la recién gestada alianza entre la Francia de los Borbones y el imperio austriaco de los Habsburgo.
Con su matrimonio, la decimoquinta hija del emperador Francisco I renuncia a sus derechos dinásticos, abandona Viena y se traslada a un nuevo y desconocido hogar. Demasiado pronto para una niña presumida e inquieta que sólo sabe bailar y cantar; muy apresurado para una joven que aún no ha aprendido a ser reina.
María Teresa, la prudente emperatriz austriaca, conoce muy bien a su hija: «Temo mucho su excesiva juventud, la demasía de lisonjas en torno suyo, su pereza y su falta de gusto por toda actividad seria». También sabe que Versalles es un lugar peligroso. Que su lujo esconde un nido de intrigantes y de aduladores a la caza del favor real. Que allí una sonrisa galante o un minué bien ejecutado sustituye a la política.
La joven heredera vive esos años en una jaula dorada, sorda a los buenos consejos y de espaldas a una Francia que no conoce y que empieza a sacudirse inquieta, aunque la revolución es algo todavía impensable. Cuando visita París por primera vez, tres años después de su boda, es aclamada por una fervorosa multitud que se agolpa para ver a su futura reina. «Lo que más me ha impresionado es la ternura y el ardor del pueblo, que se sentía transportado de alegría al vernos. Nada hay tan precioso: lo he comprendido bien y jamás he de olvidarlo», le escribe a su madre. Pero la memoria no es su fuerte.
Lo que de verdad le gusta a María Antonieta es pasárselo bien, ser el centro de todas las miradas, lucir sus trajes por los resplandecientes salones y brillar en las fiestas. Lo demás le importa poco. Su marido es un tipo soso y torpón que se pasa el día cazando, se va a dormir pronto y tarda siete años en consumar el matrimonio. Esta situación no cambia en absoluto cuando, en 1774, muere Luis XV y el delfín sube al trono. María Antonieta ya es reina y, para ella, eso significa ser la mujer más radiante, la estrella indiscutible de toda Francia. La decisión más trascendental del día es elegir entre sus miles de vestidos, enjoyarse y maquillarse a juego y llevar el peinado más llamativo. Las facturas vuelan a la tesorería con la palabra que más usa la reina estampada junto a su firma: «Páguese».
Pero incluso rodeada de todos los caprichos imaginables, Versalles le parece a la reina un sitio demasiado estirado, lleno de viejos aristócratas pesados y pomposos. Así que pide a su marido que le ceda un palacete para organizar sus fiestas. Luis accede a sus deseos. En Trianón reúne a sus jóvenes amigos, los nobles descerebrados del país, en juergas que duran hasta el amanecer. La reina se rodea de una nueva camarilla, elegida por el único talento de hacerla reír, y reparte cargos y sueldos a diestro y siniestro. La vieja aristocracia se siente dejada de lado y reniega de la austriaca. Y el pueblo comienza a murmurar.
Cuando la situación de las finanzas del Reino se hace insostenible, los nobles se alían con la burguesía para cambiar las cosas. Los rumores envenenados contra la reina se disparan y las acusaciones más increíbles hallan eco en el pueblo. María Antonieta es acusada de mantener relaciones adúlteras con hombres y mujeres, de despilfarrar aún más de lo que en realidad hace, de embarcarse en orgías. Las malas lenguas la convierten en la mujer más lasciva y depravada de la historia.
Las acusaciones llegan justo cuando a la reina se le cae la venda de los ojos y descubre el mundo que palpita al otro lado de las verjas de Trianón; también cuando nacen los ansiados hijos, entre ellos el delfín, en 1781. Se acaban las fiestas, las noches en blanco, los derroches. La reina descubre una nueva forma de felicidad jugando con sus hijos, se relaja y, por primera vez, es consciente de que su cargo implica algo más que bailes y pelucas empolvadas. Pero la maquinaria de la Revolución ya está en marcha y no hay quien la detenga.
La convocatoria de los Estados Generales, una reunión de representantes de la nobleza, el clero y el pueblo llano, tiene, en principio, la intención de solucionar la difícil situación económica del país. Pero el pueblo quiere más, la burguesía quiere más, los conspiradores de la nobleza quieren más. Los acontecimientos se suceden a una velocidad de vértigo. Es el inicio de la Revolución.
El 14 de julio de 1789 se produce el asalto a la Bastilla, y el 1 de octubre, una multitud enfurecida se dirige a Versalles. La familia real es trasladada a París, al palacio de las Tullerías. En realidad son prisioneros, pero aún se guardan las apariencias. Se promulga una Constitución que el rey acata, pero no es suficiente. Los monarcas temen por su vida e intentan huir. Fracasan, y con ello aceleran la firma de su sentencia de muerte.
Presionada por el avance de los radicales y los republicanos, que cada día son más numerosos e influyentes, y atrapada por la indecisión de su marido, María Antonieta se conjura para salvar la monarquía y la vida de su familia. Para lograrlo, se embarca en una trágica novela de espías, con mensajes cifrados, sobornos y llamadas de socorro al mundo. Pero hay poca gente en Francia dispuesta a ayudarla y las casas reales de Europa, preocupadas por sacar tajada territorial de la revuelta, se desentienden.
La Revolución avanza a ritmo de tambor y el tiempo se acaba. La reina es acusada por los mil periódicos y libelos que vuelan por París de buscar un baño de sangre, de conspirar para aplastar al pueblo. Llega el asalto a las Tullerías y la reina ve cuchillos apuntándole al cuello. Nuevo traslado; ahora, a la fortaleza del Temple. Por la seguridad de la familia real, sí, pero también para impedir cualquier contacto con el exterior. La reina, separada de su marido y sus hijos, sabe que el tiempo de la política ya pasó y que sólo le queda la dignidad.
Luis XVI, despojado de la corona y reducido a Luis Capeto, ciudadano, es ejecutado el 21 de enero de 1793. María Antonieta es llevada a la prisión de la Conserjería, la antecámara de la guillotina, en agosto de ese mismo año.
La trágica segunda parte de su vida, condensada en los pocos meses que median entre su caída en desgracia y su decapitación, nos descubren a una nueva María Antonieta: inteligente y prudente, pero decidida, valerosa, trabajadora y reflexiva, dispuesta a cualquier humillación con tal de salvar a sus hijos. Su magnetismo personal, su combinación de cortesía y orgullo hace mella en sus guardianes: no es la bruja lasciva que les han vendido; es una madre que irradia dignidad por los cuatro costados.
El juicio contra la reina, en un París sumido en el terror de la Comuna, arranca en octubre. Las acusaciones, a cual más burda, se amontonan. Entre ellas, una especialmente dolorosa: su único hijo varón vivo afirma que su madre le ha forzado a mantener relaciones incestuosas. La reina resiste: «La naturaleza se niega a responder a semejante acusación hecha a una madre. Apelo a todas las que puedan encontrarse aquí». El público guarda silencio. El mismo con que María Antonieta recibe la sentencia de muerte.
Al día siguiente, una carreta rodeada por la turbamulta la conduce al cadalso. La cuchilla cae; la loba ha muerto. El espectáculo ha terminado, pero la Revolución sigue. Más rápido, más sangre, más cabezas. La monarquía es el pasado y hay que seguir avanzando en una carrera que terminará casi donde empezó, en 1814 y con la coronación del conde de Provenza, hermano del rey decapitado.
En su última carta, el «azote y sanguijuela de los franceses», como se lee en el acta de acusación, perdona a sus enemigos, reclama el perdón de Dios y se despide de sus hijos: «¡Cómo desgarra el alma dejaros para siempre!». Poco quedaba en ella de la alocada niña que llegó a Versalles. Perdidas la inocencia y la corona, luchó hasta el final por su dignidad. Eso, al menos, hay que reconocérselo.
Rodrigo Padilla-XL Semanal
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De excéntrica princesa del rococó…
La joven María Antonieta es impulsiva e irreflexiva. La noche y las fiestas son su hábitat. Allí, y no en las tareas de Estado, es donde destaca.
UN ÁNGEL EXTERMINADOR
Con 17 años, una esbelta María Antonieta de piel pálida y angelicales ojos azules se instala en Versalles. Su llegada supuso una conmoción y un cambio radical en la vida de palacio. Los viejos aristócratas son apartados; una generación de nobles alocados, amigos de la futura reina, los sustituyen.
MATRIMONIO DE CONVENIENCIA
Pese a que su boda es un contrato entre familias y a que Luis XVI tarda siete años en darle descendencia, los cónyuges se llevan bien, se respetan y aprecian. En parte, porque él es un dechado de sosiego y, en parte, porque ella logra de él lo que quiere; sobre todo, libertad.
LA REINA… DE LA FIESTA
En el palacio de Trianón, junto a Versalles, María Antonieta reúne a sus amigos. Es un refugio tan privado que hasta Luis XVI tiene que pedir permiso para entrar. La reina se gasta una fortuna para decorarlo y celebrar allí sus interminables fiestas.
MADRE Y MODELO
El nacimiento de sus cuatro hijos la transforma. Deja las fiestas y a su camarilla, y emplea su tiempo en asuntos de Estado y en atender a los infantes María Teresa Carlota, Luis José, Luis Carlos y Sofía Beatriz.
… a reina de la dignidad en la cárcel
AU REVOIR A LOS DELFINES
Tras su traslado de Versalles a París, la familia real pierde sus privilegios. María Antonieta, muy envejecida, lucha por salvar la monarquía y a los suyos, hasta que la separan de su marido y sus hijos.
FOTO-FINISH
Atada y sentada en la carreta que la lleva al cadalso, lucha por conservar la dignidad. Este boceto es la última imagen de la monarca viva.
Tras un juicio que la convierte en diana de las más disparata das calumnias, muere guillotinada. Es el 16 de octubre de 1793. Tras mostrar su cabeza recién cortada a la plebe, los verdugos la entierran en una fosa común.
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Tres reinas por un día
KIRSTEN DUNST
Pompa y lujo a ritmo de rock
Sofia Coppola ha elegido a esta actriz, con quien ya trabajó en su cinta de debut, las vírgenes suicidas, para trazar el nuevo retrato de la reina francesa. estrenada en Cannes, la crítica ha recibido la película con frialdad.
MICHELE MORGAN
Retrato histórico en francés
En Marie Antoniette (1956), esta actriz francesa con sólo cuatro películas en su filmografía fue la protagonista. La dirigió Jean Delannoy, un autor especializado en producciones históricas.
NORMA SHEARER
Con este papel, rozó el Oscar
Hollywood compuso en 1938 la primera Marie Antoniette. La dirigió W. S. Van Dyck, y Shearer, que ganó un Oscar por La divorciada, compartió cartel con Tyrone Power y John Barrymore.