Martes, 13 de noviembre de 2007
No tengo ex libris, y nunca quise tenerlo. El ex libris, como saben ustedes, es una etiqueta o pegatina impresa que se adhiere a una de las guardas interiores de los libros de una biblioteca, para identificar a su propietario. ?Soy de Fulano de Tal?, suele decir la leyenda, o recoge alg?n lema ??Nunca estoy menos solo que cuando estoy solo? por ejemplo? que a menudo viene acompa?ado de una ilustraci?n, motivo o escudo. Es costumbre bonita y antigua, y algunos ex libris son tan hermosos que hay quien los colecciona. Alguna vez un amigo artista se ofreci? a hacerme uno, pero nunca acept?. Tengo mis ideas sobre la propiedad de libros y bibliotecas, y est?n relacionadas con lo ef?mero del asunto. He visto muchos libros arder, biblioteca de Sarajevo incluida, y comprado demasiados libros viejos como para hacerme ilusiones al respecto. Si es cierto que todo en esta vida lo poseemos s?lo a t?tulo de dep?sito temporal, los libros son un recordatorio constante de esa evidencia. Creo que pretender amarrarlos a la propia existencia, al tiempo limitado de que dispone cada uno de nosotros, es un esfuerzo in?til. Y triste.

Quiz? sea ?sa, la palabra ?tristeza?, la que mejor define el asunto. Como comprador y poseedor contumaz de libros usados, cazador de ojo adiestrado y dedos polvorientos en librer?as de viejo y anticuarios, nunca puedo evitar que, junto al placer feroz de dar con el libro que busco o con la sorpresa inesperada, al goce de pasar las p?ginas de un viejo libro reci?n adquirido, lo acompa?e una singular melancol?a cuando reconozco las huellas, evidentes a veces, leves otras, de manos y vidas por las que ese libro pas? antes de entregarse a las m?as. Como un hombre que, incluso contra su voluntad, detecte en la mujer a la que ama el eco de antiguos amantes, nunca puedo evitar ?aunque me gustar?a evitarlo? que el rastro de esas vidas anteriores llegue hasta m? en forma de huella en un margen, de mancha de tinta o de caf?, de esquina de p?gina doblada, anotada o intonsa, de objeto que, abandonado a modo de marcador entre las hojas, se?ala una lectura interrumpida, quiz? para siempre.

Y en efecto, ?tristeza? es la palabra. Melancol?a absorta en las vidas anteriores a las que el libro que ahora tengo en las manos dio compa??a, conocimiento, diversi?n, lucidez, felicidad, y de las que ya no queda m?s que ese rastro, unas veces obvio y otras apenas perceptible: un nombre escrito con tinta o la huella de una l?grima. Vidas lejanas a cuyos fantasmas me unir? cuando mis libros, si tienen la suerte de sobrevivir al azar y a los peligros de su fr?gil naturaleza, salgan de mis manos o de las de mis seres queridos para volver de nuevo a librer?as de viejo y anticuarios, para viajar a otras inteligencias y proseguir, de ese modo, su dilatado, m?gico, extraordinario vagar.

Por eso, como digo, no tengo ex libris. Rindo culto a los fantasmas, pero no deseo ser uno de ellos. Las estirpes se acaban, los mundos se extinguen, y tarde o temprano llega siempre el tiempo de los ropavejeros y los b?rbaros. No quiero que mi nombre, mi lema, mi fr?gil vanidad de propietario sean causa de que, pasado el tiempo, alguien abra un libro polvoriento o chamuscado y descubra all? mi nombre como en la l?pida de una tumba; donde por cierto, tampoco deseo figurar, jam?s: ?Soy ?fui? de Fulano de Tal?. Por eso, del mismo modo que conservo con celo ritual cualquier reliquia de anteriores propietarios, dejando all? donde la encuentro la hoja o el p?talo seco de flor, la carta doblada, el dibujo, la tarjeta postal, en lo que a m? se refiere procuro, como quien borra con cuidado las huellas de un asesinato, eliminar todo rastro. Por desgracia, alguno es indeleble: dedicatorias de amigos, subrayados y cosas as?. Pero el resto de evidencias procuro eliminarlas con impecable eficacia. Situ?ndome con paranoia de asesino minucioso ante cada libro que abandono en un estante para cierto tiempo ?tal vez para siempre?, reviso antes sus p?ginas retirando cuanto all? dej? durante la lectura: cartas, tarjetas de embarque, notas, facturas, tarjetas de visita. Sin embargo, cuando tras la ?ltima ojeada considero limpia la escena del crimen y estoy a punto de cerrar la puerta a la manera de un Rogelio Ackroyd dispuesto a enfrentarse al detective, no puedo evitar una sonrisa contrariada y c?mplice. S? que, pese a mis esfuerzos, un buen rastreador, un lector adiestrado como Dios manda, cualquiera de los nuestros, como dir?a el buen y viejo abuelo Conrad, sabr? reconocer en pistas sutiles ?una nota escrita a l?piz y borrada luego, una mancha de lluvia o agua salada, una marca de tinta, sangre o vida? la huella de mis manos. El eco de mi existencia an?nima en esas p?ginas que am?, y que me recuerdan.
Publicado por .AuStRaLiA. @ 21:41  | Otros
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