Este es un artículo publicado en El Semanal el 15 de noviembre de 1998. Diez años alumbran ya a este texto que se ha convertido en uno de los más reproducidos de Internet en este año. El escritor y columnista habla de esos que controlan el mundo controlando la economía. Parece una profecía mucho mejores que las de nostradamus.Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted
no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran
puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro
del computador, su futuro y el de sus hijos.
Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a
mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de
probabilidad del cero coma cero cuatro.
Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de
una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e
hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa
de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term
capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos
multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como
quien comenta el partido del domingo.
Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas
que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a
atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo
de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos,
porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas,
tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros.
Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre
ganan ellos,
cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden.
No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones
fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la
economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con
espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra
pierden el culo por darles coba y subirse al carro.
Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es
mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros
de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida
solvencia.
Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el
presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco
latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió
a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un
tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún
más a todos ellos y a sus representados.
Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más
en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un
tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese
espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la
vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas
en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus
reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.
Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía
sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente
eso: alto riesgo de verdad.
Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos
fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la
economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!,
mientras que los beneficios eran para los tiburones
que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.
Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de
esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si
jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos
nosotros.
Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores
son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con
medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos
dominó y chichis de la Bernarda. Y esa solidaridad, imprescindible para
salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros,
y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión
empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo
largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana
para ganarse la vida.
Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda
externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar
agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en
cabeza ajena.
Así que podemos ir amarrándonos los machos Ése es el panorama que
los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto
neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de
tanta poca vergüenza.Tags: Arturo Pérez-Reverte, crisis, economía